La eólica y la solar se abren paso en México y Centroamérica entre la ambición y la incertidumbre

11/28/2018
por HELIOTERMICA SAS

Ignacio Sánchez se siente como en casa entre aerogeneradores. “Da gusto ver cómo dan vueltas”, dice este veterano trabajador del parque eólico La Ventosa, propiedad de la española Iberdrola. Sánchez lleva diez años en el sector y ha visto cómo las granjas de vacas y los campos de maíz perdían terreno ante el empuje de las aspas. Su región, el istmo de Tehuantepec (suroeste de México), fue el punto de entrada de las energías renovables al país a finales de los noventa. Lo que empezó con unas decenas de aerogeneradores es hoy una industria en auge, marcada tanto por las buenas perspectivas de crecimiento como por los problemas de infraestructura y los brotes de oposición social.

Las energías renovables ya producen más del 16% de la electricidad mexicana. El incremento ha sido espectacular desde la aprobación, en 2013, de la reforma energética: en cinco años, la generación eólica casi se ha triplicado y la solar, más lenta en despegar, ha dado un salto sin precedentes en 2017, al aumentar por cinco su producción en solo un año.

Y esto es solo el principio. El Gobierno se ha marcado como objetivo llegar en 2021 al 30% de energías limpias (categoría que cubre a las renovables y a otros tipos como la nuclear), frente al 21% actual. La Asociación Mexicana de Energía Eólica (Amdee) prevé que se triplique la producción de este tipo de energía de aquí a 2024, y Asolmex, su contraparte fotovoltaica, es aún más optimista y espera multiplicar por cuatro la generación en tres años.

El momentum renovable coincide con un lento declive en la producción petrolera. Frente a su decadencia, el sector renovable saca pecho. El 85% del territorio mexicano tiene “condiciones óptimas” para la energía solar, según Héctor Olea, presidente de Asolmex. Su geografía favorable y la construcción de proyectos a gran escala han convertido al país en el productor de la electricidad más barata del mundo, de acuerdo con el precio marginal de la última subasta, celebrada en diciembre pasado.

Pese a la aparente fortaleza del sector, hay voces que llaman a la cautela. La producción de energía limpia podría “quedarse corta” respecto a las metas, según un informe de la patronal mexicana Consejo Coordinador Empresarial (CCE) publicado en octubre, si no se abordan retos como la ampliación de la red de transmisión eléctrica. Este es un punto crucial para la eólica, cuya producción se concentra en el sur y el noreste, lejos de los núcleos urbanos del centro del país, los principales consumidores de electricidad.

La impaciencia es patente: la construcción de la gran línea de interconexión para llevar la electricidad producida en el istmo de Tehuantepec al centro ya se ha retrasado varias veces. “Es fundamental reforzar las líneas saturadas y construir otras nuevas para seguir creciendo”, explica Leopoldo Rodríguez, presidente de Amdee. Para superar el problema de transmisión, el director del Instituto de Energías Renovables de la UNAM, Antonio del Río, aboga por impulsar la generación por medio de pequeñas fuentes en las mismas zonas donde se consume —la llamada generación distribuida— y por desarrollar industrialmente esas regiones para ahorrar así en transporte.

La expansión de la fotovoltaica y de la eólica en las regiones más pobres de México también ha topado con la oposición de algunas comunidades indígenas. El Gobierno está obligado a consultarlas antes de la instalación de una planta, pero esto se hace rápido y mal, según denuncian organizaciones locales. “Las consultas son una herramienta para legitimar el despojo; no es real”, asegura el activista Mario Quintero. Además, mientras las energéticas presumen de la creación de empleo, los habitantes no ven cambios significativos en la factura de la luz o en su nivel de vida.

El cambio de Gobierno ha abierto otra grieta de incertidumbre en el sector. El programa del presidente electo Andrés Manuel López Obrador propone “acelerar” la transición verde. Sin embargo, durante los últimos meses su discurso ha estado dominado por las promesas de relanzar la maltrecha y muy contaminante industria petrolera. “La propuesta era muy clara, pero en la vorágine de declaraciones hay alguna que preocupa”, dice el consultor Severo López-Mestre. “Y una reforma tarda una década en consolidarse”. Existe un cierto temor, pues, a que las renovables queden relegadas a un segundo plano y a que se deshagan algunos de los pilares de la reforma energética. “Si no se respeta el marco regulatorio, la situación de las renovables puede cambiar drásticamente”, advierte Héctor Olea de Asolmex. A corto plazo, las miradas están puestas en la próxima subasta de energía prevista para diciembre, poco después de que tome posesión el nuevo Gobierno.

 

tomado de EL PAIS